13 Noviembre: los chinos de Venecia
Nos levantamos temprano pero sin exagerar porque el vuelo
sale a las 11:30 así que tenemos tiempo para desayunar y prepararnos. Pedimos
un taxi que se puede pagar en la recepción lo que facilita las cosas. Nos llega
un coche de esos grandes de 7 plazas que nos pide destino y con eso se sabe la
terminal, la 2. Volamos con Ryanair.
Salimos de Praga bordeando el castillo y con una niebla que
da un poco de miedo y da que pensar si el avión podrá salir.
Llegamos y entramos directos al control. Otra vez que me
paran: ahora me piden abrir la maleta y la pasan una hoja con algún producto que
meten en una máquina. Aprobado. No hay nada… o eso creen ellos.
Nuestra puerta es la C13 y allá vamos… Esperamos media
horita y ya se empieza a llenar todo de italianos. Nos preparan el embarque,
hoy somos priority, y sin ningún tipo de problemas nos metemos en el autobús:
de aquí al avión; ¡Venecia
espera! Pero joer, que niebla.
Durante el vuelo sobrevolamos los Alpes y el espectáculo es grandioso. Cumbres ya nevadas, grandes prados y bosques verdes y un río que serpentea en su valle camino del mar.
Y Treviso. Porque no llegamos a Marco Polo. Ryanair vuela a Treviso,
unos 30 kilómetros al norte de Venecia. En la terminal, vemos un punto de
información y una chica en perfecto español nos indica que hay que coger un bus
llamado Berzibus que
te deja en la estación del vaporeto. Cada billete son unos diez euros.
Nos metemos en el bus porque el conductor nos lo dice ya que
antes nos dijo que iba a tardar unos 40 minutos pero como somos los únicos,
pues tira palante. Todo el bus pa nosotros. Nos ponemos delante del todo, para
verlo todo bien.
Media hora de trayecto y nos metemos en un puente. Al fondo, la impresionante Venecia rodeada de agua por todas partes. Venecia está formada por unas 100 islas y se conecta entre ellas por canales y puentes y con la península por el enorme puente de la Via della Libertá. Está bañada por el Mar Adriático.
Fundada en el siglo XV, ha sido cuna de reyes y
ciudad-estado dominante del Mediterráneo, eslabón de comercio con China y una
superpotencia de la Europa Medieval. Ahora, y también gracias a su declaración
como Patrimonio de la Humanidad
por la UNESCO, es uno de los principales focos turísticos mundiales.
Como digo, tras media hora el autobús nos deja en Troncetto
desde donde se coge el vaporeto 2 para ir a San Marcos, donde tenemos el hotel.
El vaporeto no se desmantela aun siendo contemporáneo de la Reina de África.
Eso da un glamour especial al viaje ya que además pasa por muchos puntos históricos
de la zona y para en varias islas. Como punto final, la parada de San Marcos.
Bajar aquí es una sensación parecida a estar de aventuras
con Marco Polo,
Da Vinci o Casanova o
estar jugando al Assasin´s Creed. Es verdad, la ciudad se mantiene igual que en
el siglo XV. Solo cambia que está llena de restaurantes y tiendas de regalitos.
Bajamos del vaporeto y vamos a la izquierda. En el segundo puente, a lo lejos,
se ve el Puente
de los Suspiros que conecta el Palacio Ducal y
el Piombi, la antigua
prisión de la Inquisición.
Y torciendo a la derecha, la Plaza. Con su Campanile, sus palacios, sus arcos… y sus indios y chinos vendiendo de todo. Cruzando la plaza, una callecita estrecha nos lleva al Hotel Ambassador… aquí se acaba el lujo. Entramos, nadie en recepción. Esperamos un poco hasta uqe llega Giorgio que lleva hospedando gente desde uqe Marco Polo vino de China. La verdad es que no se entera muy bien pero bueno… Al final, resulta que para hacer el checkin hay que ir a otro hotel, que está a 20 metros. Allí nos dan la llave, que también podría abrir el Palacio Ducal o el cofre de Jack Sparrow.
Lo mejor para visitar Venecia es echarse a la calle y perderse. Pero perderse, perderse. Literalmente.
Como es tarde, son casi las 3, buscamos sitios para comer
¡Joer! Todos son chinos. Flipante. Para sorpresa nuestra, todos los garitos de
la zona están regentados por chinos. Por mucho que ponga Trattoria o Ristorante
o Enoteca, dentro hay un chino. Alucinante. Encontramos uno y no lo parece pero
al entrar, lleno de chinos. Da igual, aquí mismo.
El camarero nos cuenta que en Venecia pasa como en España:
han venido los chinos y se han quedado con todos los negocios de la zona, sobre
todo tiendas y garitos. En fin…
Bueno, unos pesci friti del mare y unos rigatoni nos hacen
recuperar fuerzas. ¡A perdernos de nuevo! Vamos a Rialto por el Ponte de Le Pignate,
pasamos la Parrocchia di San
Salvador, en el Campo
San Salvador, donde podemos aprovechas para unas fotos y ver el interior y
continuamos a Rialto, pasando delante de una plaza enorme dedicada a Giuseppe
Mazzini, en la via del mismo nombre. Al fondo, Rialto.
Y vacío. Sin nadie… Sin nadie debajo, en el agua, porque encima hay más gente que en las fiestas de Boris Johnson ¡Qué barbaridad! No se puede ni subir y hacer una foto es una odisea. Hasta las gaviotas tienen que pedir permiso par aposarse… una persona más y esto se cae al canal, con turistas y todo. En la parte de arriba del puente hay un cruce de escaleras que aprovechan apra tener unas tiendas de casi lujo: por ahí se puede ver el canal por ambos lados, si se quitan los chinos, claro. Por cierto, por debajo pasa el Gran Canal: esta zona es como Atocha, pasan casi todos los vaporetos.
Cruzamos el puente y seguimos andando, cruzamos el Campo San Polo y el Dorsoduro, uno de los barrios mas bonitos de la ciudad. El problema es que está empezando a chispear y va a haber que darse prisa. De todos modos, de aquí a la Plaza de Roma se llega en un santiamén. Desde esta plaza es desde donde salen los autobuses al Aeropuerto Marco Polo así que la tenemos controlada para la vuelta.
Volvemos hacia San Marcos por un puente muy nuevo al lado de
la Plaza de Roma y perdiéndonos por calles distintas; es momento de pararnos en
todas las tiendas para las compritas y refugiarnos del chirimiri que cae. De
todos modos, sales pitando de cualquier tienda en cuanto ves los precios: dan
miedo.
Por poner ejemplos, una bandeja de café muy chula, con
figuras geométricas… 500 euros… Un abriguito rojo, para niños, con manillas de
grifos en vez de botones… 600 euros… las máscaras, de risa: desde 30 a 3000
euros, una cosa de locos. Mañana me compro un llavero y cumplo.
Ya ha anochecido, hora de ir a cenar una pizza y al hotel.
Pero en la habitación nos espera una sorpresa: el ascensor. Hace el mismo ruido
que si lo estuvieran subiendo dos elefantes. Y el motor vibra más que un
satisfyer ¡y está al lado nuestro! Imposible dormir… Bajo a la recepción, a la
otra, o sea que salgo a la calle, me mojo, hablo con el recepcionista que tiene
la misma cara que el fantasma de la ópera viendo porno: me dice que als 11
vuela y él sube a comprobarlo. Paso de volver a bajar, así que suba él… Sube. Me
visto. Deprisa. Los pololos me salen por delante del chandal. La tirita pa
dormir en la nariz. El fantasma de la ópera se descojona del médico de la peste
porque debo aprecer eso. Que sí, que hace ruido. Que mañana antes de las 11 nos
cambia de rum. A ver que tal la noche…
Comentarios
Publicar un comentario